Regreso Imposible | Capítulo I – Los viajeros cuentan su historia

¿Era posible que, contra toda previsión y cálculo, habíamos encontrado accidentalmente a nuestro Planeta Azul en los confines del espacio?

Capítulo I.- Los viajeros cuentan su historia

Afortunadamente el módulo de descenso había soportado con éxito la violenta inmersión en el océano y los ordenadores de abordo indicaban que la presión era segura para la tripulación. Arriba, en la superficie, estaba en su apogeo una fuerte tormenta tropical que los sensores de la nave tuvieron tiempo de medir al penetrar a velocidad supersónica en la atmósfera. Mientras maniobraba con los controles mecánicos para mantener el módulo a sesenta metros bajo la superficie, con la ayuda de Yemi, la computadora principal de la nave, volví a escuchar su voz electrónica informándome que desde aquel planeta, del que tanto ella como yo afirmábamos que era extraordinariamente parecido a La Tierra, estaban enviando un repetido mensaje de bienvenida. A mi mando, Yemi conectó la transmisión y en la silenciosa cabina penetró una suave voz femenina que repetía lentamente:

-¡Bienvenidos visitantes!… Esta es su casa; los recibimos en son de paz…

Me asombró sobremanera escuchar aquella… extraña mezcla que me recordaba un tanto mi idioma natal. ¿Era posible que, contra toda previsión y cálculo, habíamos encontrado accidentalmente a nuestro Planeta Azul en los confines del espacio?

No tuve tiempo de recrearme en meditaciones; el panel de pantallas a mi alrededor comenzó a mostrarme la llegada de inesperados curiosos que nadaban junto al módulo con asombrosa agilidad. Podía verlos fácilmente como una línea discontinua de puntos anaranjados de brillante fosforescencia. Por unos segundos pude distinguirlos con la visión infrarroja de las cámaras, y cuál no sería mi asombro al descubrir su familiar figura: ¡eran delfines!

-Alguien a bloqueado mi visón infrarroja, EdWard -dijo Yemi, la computadora principal.

-¿Cómo alguien? No entiendo. Tenemos que verlos y descubrir sus intenciones antes que al alguna cosa desagradable nos sorprenda. Es evidente que ahí afuera hay seres inteligentes haciendo algo sobre nuestra nave.

– No tengo dudas de eso -dijo Yemi con voz tan apagada que me preocupó- son delfines y nos están resca…

La voz de Yemi se interrumpió totalmente.

-¿Qué sucede? -indagué. Pero no hubo respuesta.

Sobreponiéndome a la enorme pesadez de mi cuerpo traté de incorporarme pero sólo conseguí caer al piso con la misma habilidad con la que cae un saco de papas. Desde allí miré hacia el panel de mandos: desconectado totalmente por falta de energía. No podía yo salir de mi asombro. Durante ocho largos años LIzzy había trabajado sin un solo error ni falla alguna; ahora, en el momento en que era precisamente más importante, se quedó fuera de servicio.

-¡Cómo puedes hacer esto!.. Y ahora precisamente -le reproché. Pero LIzzy siguió callada.

En las pantallas, animadas por algún subsistema aún intacto, continuaban moviéndose ágilmente las rayas de puntos anaranjados, atareados en quién sabe qué trabajos. Finalmente me incorporé, no sin un esfuerzo sobrehumano de mis débiles músculos, y volví a sentarme frente a los controles de mando de la nave. La voz que repetía incesantemente lo que LIzzy y yo tomamos por mensaje de bienvenida había callado sin que me diera cuenta. Una cosa era cierta: aunque sin nuestra participación directa, el módulo no ascendió ni descendió sino unos cuantos metros durante todo aquel tiempo. De pronto una voz muy parecida a la voz humana resonó en la cabina.

-¡Hola! Dígame si puede oírme, por favor -dijo la voz en el extraño lenguaje en el que había hablado antes la voz femenina; lenguaje que sin embargo me era tan familiar. Entendí que querían establecer comunicación.

-¡Hola! -respondí- le escucho perfectamente.

-¡Ah! ¡Gracias a Dios! Lo estamos rescatando. No haga nada; repito: no haga nada; espere instrucciones… Espere instrucciones, por favor.

Me hablaban en un idioma que de cierto modo me era familiar pero apenas pude entender algunas palabras y por ellas, el sentido de las ideas. Por lo visto trataban de rescatarnos pero no podía comprender si había algún peligro para mí y mi tripulación. Pensé que lo más prudente era tratar de alejar a los afanados curiosos del módulo y esperar. Comprobé que el sistema de protección exterior de la nave estaba energizado y lo activé mediante los controles manuales. Al instante las rayas anaranjadas se alejaron como rayos laser en las oscuras aguas.

-¡Atención! ¡Atención! Se les ordena a los tripulantes de la nave que no hagan nada; repito: nada, durante la maniobra de salvamento- sonó la voz que había hablado antes. Por lo visto, no íbamos a poder entendernos de inmediato: yo sólo comprendía palabras aisladas. Aunque era evidente que protestaba por la activación del sistema de protección de la nave.

De repente los indicadores de energía comenzaron a marcar el sentido opuesto del campo magnético del sistema de protección y un débil cosquilleo en mis manos desnudas me indicaban que su acción se había invertido hacia el interior de la nave. Lo desconecté; pero no con la suficiente celeridad para evitar que un terrible cortocircuito me dejara en la más completa obscuridad por unos segundos. Afortunadamente el sistema auxiliar funcionó y volví a ver de inmediato las rayas anaranjadas en las pantallas nadando alrededor de la nave. La voz que parecía humana había continuado todo el tiempo transmitiendo sus incomprensibles “instrucciones”.

Hubo un silencio momentáneo y de inmediato comencé a escuchar lo que parecía una conversación entre los de afuera. La nueva voz que se escuchaba era auténticamente humana, estaba seguro; aunque desde luego, siempre hablando en el mismo idioma. Mi confusión era tal que no me dejaba razonar con claridad. Hubo una pausa.

-¡Hola! ¡Bienvenidos a nuestro planeta! Les recibimos en son de paz -dijo la voz humana en perfecto inglés aunque picudo y estridente.

Quise saltar de la silla de la inmensa alegría que invadió todo mi ser pero mi lamentable estado no me lo permitió y tuve que contentarme con lanzar varias veces nuestro grito de triunfo.

-¡Hola! ¡Hola! Respóndame si me escucha, por favor -la voz de afuera sofocó un poco mi euforia y respondí jadeante:

-Lo escucho perfectamente.
-Bien. Lo estamos rescatando -hablaba en inglés pero no empleaba las palabras adecuadas-. Es necesario que usted no haga nada durante las maniobras de salvamento; no conecte ningún sistema de abordo, por favor; podría lesionar a nuestra gente. La seguridad de usted está absolutamente garantizada.

-Un momento -le interrumpí- usted habla como si creyera que estoy solo en esta nave.

-¿No es así? -inquirió el de afuera.

-No. Seis colegas míos permanecen aun hibernados en las cámaras de conservación. Y le advierto: tengo a mano el poder suficiente para hacer estallar este planeta. Entendí que somos recibidos en son de paz.

El de afuera rió con sinceridad y su risa sonó ofensiva en los altavoces.

-Sí, es posible que tenga usted ese poder al alcance de sus manos ahora mismo -dijo enseguida-. Sólo que… ¿Estaría usted dispuesto a destruir a sus congéneres y quedarse solos otra vez en el infinito? Porque me imagino que usted ya sabe que se encuentra en La Tierra, ¿verdad?

¡La Tierra! A pesar de todo… ¡Era La Tierra! temí por mi corazón sometido tan aceleradamente a todas aquellas pruebas.

-Bien, esté tranquilo. Todo lo haremos con la exactitud necesaria para que no ocurran imponderables -me aseguró el hombre de afuera-. ¿Podría usted darle acceso a su Computadora Principal a nuestro equipo de rescate?

-No funciona.

-No se preocupe. Ellos la harán funcionar.

-Muy bien, hecho; maelmadi es la clave.

Afuera comenzó a surgir de inmediato una inmensa burbuja de aire alrededor del módulo pero éste no se movió ni un metro.

-¡Cuidado! -dije alarmado- Si se les dispara hacia la superficie esta enorme burbuja no voy a poder recibir su pan de bienvenida.

-Descuide; este equipo de rescate está dirigido por uno de nuestros robots más avanzados. Conocen perfectamente nuestras vulnerabilidades como unidades de carbono y tienen programada como la Primera Ley de la Robótica la conservación de la vida en cualquiera de sus formas -la voz suave y confiada del hombre afuera me infundió cierto valor-. Bien; ahora todo está listo para un corto viaje. Descanse, por favor. Nos tomará dos horas por lo menos vernos frente a frente. Hasta entonces.

-Ok -le respondí al hombre contrarrestando su inglés de academia con el argot pueblerino-. Espero. Hasta luego.

Según entendí estaban tratando de programarle a LIzzy un programa de traducción. Cuando juzgaron que todo está a punto comenzó el ascenso y en poco tiempo estuvimos en la superficie del océano. Un ligero bamboleo me recordó la tormenta afuera pero no tuve tiempo de preocuparme porque a todas luces ya estábamos volando aceleradamente sin la propulsión de nuestro módulo. Enseguida se abrió automáticamente la protección metálica y pude ver sobre mi cabeza la enorme panza de un gigantesco avión del cual pendía nuestra nave como la pequeña canasta de un zeppelín.

-¡Caramba, qué tipos más grandes! -exclamé en alta voz.

-¿Perdón? No le entendí completamente -respondió la Computadora Principal.

-¡Ah! ¿Estás viva? Ya no contaba contigo.

-Han agregado cierta información a mi programa pero no creo que hayan tratado de asesinarme.

-A veces hablas como si fueras de carne y hueso -le reproché a LIzzy.

-¿Una unidad de carbono? ¿Cuál es la ventaja de serlo? -me replicó ella.

Vi que los tipos de los vehículos afuera reían de buena gana y eso me intrigó bastante.

-Ellos, los de allá afuera, ¿nos están oyendo? -pregunté a LIzzy.

-Lo estamos oyendo y lo entendemos perfectamente -la voz venía de uno de los hombres del primer vehículo, el más próximo a mí-. LIzzy, su computadora, a tenido la amabilidad de traducirlo todo para nosotros.

La voz del hombre sonaba un tanto mecánica. Comprendí que se trataba de la traducción.

-¡Bienvenido a nuestro planeta, señor!.. -dijo enseguida alegremente otro de los hombres.

-¡Hola, señores! Gracias. Mi nombre es EdWard… Son ustedes las primeras personas que veo en ocho largos años, aparte de mis compañeros de viaje -les dije, saludándolos.

-A propósito -dijo el primero que había hablado- ¿cómo están sus colegas?

-Están muy bien a juzgar por la información de las computadoras. Permanecen hibernados -les dije-. Perdone mi curiosidad, ¿puede ponerse de pie uno de ustedes para que yo lo vea?

Como respuesta, el individuo que estaba más cerca de mí en el primer vehículo se irguió cuán enorme era. Se trataba de un hombre blanco el cual calculé que tenía más de dos metros y medio de estatura, de figura perfectamente atlética y cabello abundante y rubio y en apariencia muy bien rasurado y sin bigotes. Aquél se sentó y vi que el segundo de los vehículos se acercó más a mi nave y pude deleitar mi vista con la enorme figura de una muchacha erguida en sus más de siete pies, de tez bronceada, cabellos negros y muy lisos, cuyo rostro peculiar de ojos oblicuos me recordó una muy antigua raza asiática: la japonesa. Todos se quedaron esperando mi reacción; al final rieron alegremente y continuaron haciendo preguntas que yo contesté con respuestas demasiado breves para el caso. Algo si era evidente: estos hombres y mujeres gigantescos, de todas las razas y sus combinaciones, parecían muy felices.

El paisaje que apareció ante mi vista era sencillamente paradisíaco. Parecía cerca de la hora del mediodía pero yo no podía ver el sol desde la posición en que me encontraba. Al menos eso me pareció. Afuera resplandecía la luz aunque ciertamente una luz que me resultaba un poco extraña. La nave suspendida unos cuantos cientos de metros sobre el suelo descendía suavemente mientras arriba el enorme avión-transporte flotaba inconmovible.

Abajo comencé a distinguir los detalles del paisaje y fui perdiendo poco a poco la conciencia del prolongado encierro. Sentía vértigos: huía la claustrofobia de mi ser que tragaba ávido e insaciable la naturaleza verdaderamente viva que me llegaba como un torrente a través de los ojos ya casi acostumbrados al mundo de pantallas, teclas y botones de la nave. A lo lejos, se extendía un hermoso valle rodeado de las laderas de viejas montañas. Un rebaño (probablemente de vacunos) pastaba en una pradera intensamente verde; más allá del borde de la pradera se balanceaba dormitando un bosque que subía por las cuestas presto a ahogar con su espléndido manto policromático a sus propias vecinas las montañas.

Por el valle vi acercarse ciertas figuras humanas que avanzaban curiosamente: a enormes saltos. Más distantes pude distinguir un par de vehículos que se deslizaban veloces por la pradera aparentemente sin tocar el suelo- recto hacia el punto donde me encontraba. A través del óvalo de cristal que le servía de techo pude distinguir tres o cuatro figuras humanas en cada vehículo. El módulo se detuvo a escasos centímetros del suelo y quedó así suspendido mientras un tipo de transporte terrestre se deslizaba debajo pero yo no podía verlo totalmente desde mi posición. Enseguida comenzamos a movernos muy cerca de la superficie verde del valle pero sin tocarlo; sólo un ligero vaivén denunciaba el movimiento de cuando en cuando. Al lado de mi nave se alinearon los vehículos que vi antes acercarse: ciertamente parecían ser el gravomóvil, que alguien había pensado ya antes, hecho realidad: empleaban cierta energía gravitacional o magnética para propulsarse porque viajaban establemente suspendidos sobre el suelo. Entonces vi las figuras de aquellas gentes por primera vez.

Estaban lo suficientemente cerca como para darme cuenta que eran unos tipos gigantescos. Todos miraban con curiosidad hacia mi nave. Cuando me vieron a través del cristal de la cabina me sonrieron amablemente.

Los viajeros cuentan su historia.

En cuanto se detuvo el vehículo en el que transportaban nuestra nave vi acercarse a pasos presurosos a un hombre gigantesco de bien cuidada apariencia y figura ágil en quien juzgué ver, no sé porqué, al mismo individuo que me había hablado durante el rescate. Habíamos entrado a una enorme cúpula iluminada por la misma rara luz que afuera agradó a mi vista y el techo aparecía muchísimos metros por encima de mi cabeza. Rápidamente aparecieron muchos otros hombres gigantes y otros individuos que mi cultura del siglo XI de La Tierra me hizo reconocer inmediatamente como algún tipo de robots humanoides. Todos miraban con curiosidad poco disimulada hacia la nave terrestre. Los veía desde mi puesto conversar y probablemente polemizar apuntando hacia donde me encontraba.

– ¡Hola, señor EdWard! -dijo el hombre gigante al acercarse a la nave- Ya ve que estamos como le dije antes: al fin frente a frente-. Este era obviamente mi hombre. No parecía sorprendido de nada y ya sabía mi nombre; probablemente por la conversación con los jóvenes de los gravomóviles.

– ¡Hola, amigo! Gracias por su ayuda.

– Valiente; soy el Profesor Valiente- explicó el hombre mientras le ayudaban a vestir un atractivo traje que juzgué sería de aislamiento o de protección.

– Profesor Valiente…

– Valiente; llámeme Valiente a secas. Lo prefiero. Nunca me gustaron mucho los títulos.

– Señor Valiente, -dije al fin- usted me ha dicho que mis colegas y yo hemos llegado al planeta Tierra y le he creído pero en realidad no reconozco el lugar donde nos encontramos y ni siquiera puedo comprender cómo hemos llegado a La Tierra si en realidad nosotros, por error, viajamos alejándonos de ella.

– Si, comprendo lo que está pasando en usted ahora mismo y le prometo que si tiene suficiente paciencia muy pronto encontrará todas las respuestas que busca- dijo el Profesor Valiente mientras entraba a una especie de vestíbulo que habían adosado a la entrada principal de nuestra nave.- Necesitamos tiempo: usted para comprender y yo para explicarle.

– Bueno creo que ya estoy listo para salir de la nave.- le dije en mi comunicador al ver que parecía que tratarían de entrar- ¿Cree que es bueno que le ayude a entrar?

– Desde luego… -la voz del Profesor no contenía la más mínima convicción del contenido de sus palabras. Al cabo agregó:

– Señor EdWard, sé que su celo se verá traicionado ahora: ya tenemos las “llaves” para entrar a su nave- No me sorprendió demasiado el Profesor Valiente con esto, pero agregó: Creo que lo más urgente que tengo que decirle es que ustedes están ahora a un poco más de diez mil años de la fecha en que zarparon de este planeta…

Esta era una realidad que a pesar de haberla imaginado sí me sorprendió de todas maneras. ¡Habíamos viajado poco más de ocho años a cerca de dos tercios de la velocidad de la luz aparentemente en una colosal elíptica alrededor de… (la Vía Láctea?)! Y sin embargo ¡era La Tierra!, y allí afuera había un ser… (o millones) hablándome en mi propia lengua y de mi misma figura, bueno muchas veces más grande pero de igual anatomía.

Imaginé que los visitantes estarían ya entrando en la segunda cámara de intercambio y resolví encontrarme con ellos en el camino. Al levantarme del asiento comprendí que no estaba listo para nada: mi cuerpo no respondía adecuadamente. Era evidente que necesitaría un período de adaptación y entrenamiento antes de que pudiera caminar normalmente. De pronto se abrió la puerta de seguridad de la cabina de mando y apareció sonriendo dentro de su llamativo traje de aislamiento la enorme figura del Profesor Valiente ligeramente encorvado para no rozar con su cabeza el techo que en realidad no habría llegado a tocar. Detrás de él pude ver varias figuras más de menor estatura que me parecieron los robots que mencioné antes. Estos, sin embargo, no llevaban protección alguna.

El Profesor Valiente avanzó directamente hacia mí y casi no pudo abrazarme; primero, porque yo no esperaba un abrazo y, segundo, porque tuvo que abrazarme y sostenerme en el aire a la vez. Se veía realmente emocionado.

– ¡Bienvenidos de regreso a La Tierra, hermanos! ¡Ustedes son nuestros héroes más que nuestros hijos!- me dijo Valiente con los ojos húmedos de la emoción.

La vigorosidad de aquél hombre contrastaba con su madurez aparente: era un individuo realmente fuerte y ágil, aunque sus movimientos eran suaves y como calculados de antemano. No podía imaginarme cuantos años me iba a decir el Profesor que tenía si le preguntara. Ya empezaba yo a darme cuenta que en mi propia casa todo era nuevo para mí.

– Soy más viejo que usted, no se preocupe- dijo el Profesor Valiente, otra vez sorprendiendo mis humanas posibilidades- Además, EdWard… ¿Puedo llamarlo así?

– Por supuesto, Profesor, por supuesto.

– Sólo sabré lo que está usted pensando ahora, hasta que le proporcionen una codificación de protección a las ondas electromagnéticas de su cerebro. Cuando lo hagan ya nadie, sino con el acceso que usted le proporcione, podrá hablarle telepáticamente.

El Profesor Valiente buscaba con la vista el sitio adecuado donde debería sentarse. Por lo visto su estancia en mi cabina de mando se prolongaría. Le indiqué con la mirada y en mis ideas un asiento que usábamos en ciertas tareas especiales, relativamente gigantesco para nosotros, los hombres antiguos, pero excelente para él. Comprendió y fue a sentarse sin prisa mientras me explicaba:

– Es cierto: ahora mismo no podrán usted y sus hombres salir de este lugar hasta que todo esté preparado afuera para recibirlos. El Consejo ha decidido que ustedes estarán en cuarentena por algún tiempo, EdWard. Aquí todos habríamos querido que esto no fuera así pero no tenemos alternativas: ustedes, los viejos hombres, como usted se autodenominó, son portadores de un sinnúmero de virus, gérmenes y bacterias que se desconocen en La Tierra de hoy, capaces de destruir nuestra civilización en poco tiempo.

Si algo debería responderle al Profesor ni siquiera me imaginaba qué sería. Es como si estuviera viviendo dentro de una de las novelas de ciencia ficción que yo leía con avidez en el lejano y legendario siglo XXI. Era no sólo eso: era terrible. Ya sospechaba yo que en realidad habíamos regresado accidentalmente a nuestro Planeta Azul para convertirnos en prisioneros de unas gentes que, sí, eran terrícolas como nosotros pero no eran nuestra gente.
Todos a bordo sabíamos bien que nuestra partida de La Tierra era para siempre: al regreso habrían pasado muchos años en nuestro planeta y ya no conoceríamos a nadie y quizá ni siquiera el planeta existiera. Eso fue lo que creímos cuando descubrimos que nunca regresaríamos viajando en la dirección secreta programada en las computadoras de vuelo, que habían sido programadas para independizarse del control de la computadora principal cuando la nave alcanzara su velocidad crucero.